El hombre en la busqueda del conocimiento

Una historia  relata cómo el diablo y un amigo suyo estaban paseando por la calle cuando vieron delante de ellos a un hombre que levantaba algo del suelo y, después de mirarlo, se lo guardaba en el bolsillo. El amigo preguntó al diablo: “¿Qué recogió ese hombre?” “Recogió un trozo de la Verdad”, contestó el diablo. “Ese es muy mal negocio para ti, entonces”, dijo su amigo. “Oh, no, en absoluto”, replicó el diablo, “voy a dejar que la organice”. Krishnamurti. (1929).

Tal historia viene a colación, en el presente ensayo, debido a que ciertamente, el hombre desde siempre  ha estado en la  búsqueda de la verdad, que nos es más que el conocimiento,  para entender el principio de las cosas,  modificarlas y transformarlas para su propio bienestar y el del colectivo; y en ese largo trajinar ha tenido que  luchar contra sus propios dogmas políticos, religiosos y filosóficos que por años mantuvieron al llamado conocimiento científico relegado, a los fines de controlar las sociedades, exponiendo como únicas e irrefutables sus ideas, sus verdades,  que no debían ser sujetas a la duda, ni mucho menos a la comprobación.

Bien lo especifica Padrón (1992), quien en sus Interpretaciones Históricas acerca del Conocimiento Científico indica: “El mundo concreto observable y constatable y, por tanto, las necesidades materiales humanas (enfermedades, pobreza, ignorancia…) quedaba totalmente ignorado ante los dogmas de la fe y ante el discurso ambiguo manipulador… no tenía valor alguno el mundo sensible, ni el mecanismo biológico para percibirlo, ni la capacidad mental para explicarlo”.

Pero además, el hombre ha tenido que lidiar, a través de las distintas épocas con las diferentes concepciones que existen en torno  al conocimiento científico y la manera de llegar hasta él. En definitiva, ¿qué es la verdad? , ¿cómo podemos llegar hasta ella?, y  ¿quién tiene la verdad?

Muchas han sido y son las circunstancias que han  rodeado al hombre al momento de interpretar la realidad y creerse dueño de la verdad, para así dominar la naturaleza,  bajo el pretexto del bienestar y el progreso de la humanidad. De hecho, Bacon (1620), máximo exponente del llamado Paradigma Empírico, ya lo decía: “El objetivo de la ciencia era convertir a la naturaleza en su esclava y arrancarle  sus secretos mediante tortura”.

Antes de siglo XX, en el período grecorromano clásico, el  conocimiento científico fue definido como la respuesta a dudas universales, que trascendían  cualquier necesidad individual o de pequeños grupos y que era el resultado de la aplicación de reglas bien definidas y demostradas. En ese sentido, algunos autores como Zenón, Parménides, Heráclito, Sócrates, y Platón,   se fundamentaron  en el razonamiento y la argumentación;  y, otros, relacionaron el razonamiento con  el registro sensorial,  mediante la observación  sistemática  y la atención a hechos constatables (Aristóteles).

Más tarde, al llegar el Renacimiento, surge el Empirismo como pensamiento crítico revolucionario y como propuesta para la producción de conocimientos científicos; a la vez, surge también el racionalismo como vía revolucionaria para la liberación del pensamiento de las cadenas del dogmatismo y la especulación; no obstante, para inicios del siglo XX, ya el Empirismo Inductivo, también identificado como el Positivismo, se erige  como la más importante manera de llegar hasta el conocimiento científico.

Sin entrar en detalles en torno a lo que fue el debatir del hombre en torno al conocimiento científico antes del siglo XX y sin menospreciar con ello los aportes hechos por destacados pensadores a lo largo de todos los siglos,  vamos a referirnos a lo que ha sido la diatriba científica en el último siglo, cuando se evidenció un salto cuantitativo y cualitativo en torno a la manera de concebir la ciencia, los aportes que ella ha hecho a la humanidad y los nuevos modelos o paradigmas surgidos para tratar de llegar hasta la verdad.

De allí que nos referiremos al Círculo de Viena, surgido en la segunda década del siglo XX, que agrupó a  investigadores y profesores universitarios de muchas nacionalidades, quienes produjeron un conjunto de tesis bien definidas, para interpretar al conocimiento científico, entre ellas, Padrón (Ob. Cit.) menciona como las más importantes: (a) el criterio de demarcación, que distingue al conocimiento científico de todos los demás por que permite verificar los hechos constatables; (b) la inducción probabilística, ya que la producción de conocimiento científico comienza por los hechos evidentes, que pueden ser observados, clasificados, medidos y ordenados; (c) el uso de un Lenguaje Lógico, que permite expresar los enunciados  a través de símbolos que pueden ser relacionados entre sí mediante operaciones sintácticas de un lenguaje formalizado; y (d), la unificación de la ciencia, es decir, todo conocimiento científico estará identificado, construido, expresado y verificado, mediante un mismo y único patrón.

En contraposición al empirismo inductivo, surge el racionalismo deductivo, cuyo máximo representante es Karl Popper. Este movimiento  logra dominar el terreno de las investigaciones tecnológicas de las llamadas ciencias duras y algunos ámbitos humanísticos como la Economía y la Lingüística, no así áreas como las ciencias sociales donde prácticamente no tuvo acogida.

Para los racionalistas deductivos, un enunciado cualquiera será científico en la medida que más se arriesgue o se exponga a una confrontación que evidencie su falsedad; es decir, la ciencia se diferencia de otros conocimientos por ser falseable y no verificable.

Así pues, Popper y sus seguidores  creían que la actitud científica debía ser una actitud crítica que no buscaba verificaciones, sino contrastaciones cruciales. Este autor tenía reservas en torno a las concepciones teóricas que buscaba constantemente la confirmación de sus premisas, y aseveraba que tal actitud delimitaba la frontera entre la ciencia y la pseudociencia o dogmatismo.

A las posturas del empirismo inductivo y del racionalismo crítico deductivo, se oponen quienes defienden el socio-historicismo, por considerar que deben tomarse en cuenta los factores sociales e históricos que rodean el quehacer científico en las distintas épocas, surgiendo  así orientaciones que buscan resolver necesidades muy específicas de ciertas áreas del conocimiento, principalmente en las Ciencias Sociales. Enfoques como la etnografía, la etnometodología, la  investigación-acción, la investigación participante se ponen en boga y dan lugar a una terminología diferente como: escenario, triangulación, consenso, visualización, etc.

Kuhn (1975) propulsor de la corriente socio-historicista, introduce conceptos como: comunidad científica, paradigma , revolución científica, entre otros, y señala  que las teorías científicas no se superan una a otras por ser falsas, sino debido a las crisis o pérdidas de fe en ellas, lo que ocurre debido  al contexto sociohistórico en que se desarrollan los conocimientos científicos.

Por su parte Feyerabend, es todavía más radical cuando afirma que no existe el Método y que, en consecuencia, cada quien puede usar el método que quiera, es decir, postula el llamado “anarquismo epistemológico”,  y postula su “inconmensurabilidad” de las Teorías, que no es otra cosa que  la imposibilidad de comparación de dos teorías cuando no hay un lenguaje teórico común. Si dos teorías son inconmensurables entonces no hay manera de compararlas y decir cuál es mejor y correcta, cada teoría es tan verdadera como las otras.

En el siglo XX también surge la Escuela de Frakfurt, que se acoge a las tesis marxistas de la Dialéctica y el Materialismo Histórico, con un enfoque igualmente antianalítico y sociohistoricista del conocimiento científico, y sustituye la concepción analista del racionalismo por la interpretación hermenéutica y la lógica dialéctica, así como el concepto de explicación por el de comprensión, como proceso de validación del conocimiento.

De manera que todas estas corrientes  han promovido, en el seno de las Ciencias Sociales, opciones metodológicas que rechazan el lenguaje lógico-matemático o cuantitativo, tienen preferencia por las técnicas no estructuradas para la recolección de datos, y reconocen la experiencia del investigador en el conjunto de las fuentes de datos investigativos; estas son las denominadas técnicas cualitativas.

Claro está que estas posturas han sido y siguen siendo reiteradamente criticadas y atacadas. Los racionalistas,  en su ala más radical, por ejemplo, las consideran ambiguas, imprecisas, contradictorias  y poco eficaces para resolver realmente los problemas sociales, frente a lo que son los avances tecnológicos de las ciencias racionalistas del siglo XX. Aseveran que la retórica verbal no genera transformaciones sociales. No obstante, el ala moderada del racionalismo actual admite la necesidad de incluir los aspectos sociales, psicológicos e históricos del conocimiento científico.

De manera tal que en el  presente el hombre sigue en la búsqueda permanente de la verdad; a veces ha creído encontrarla en esta o aquella área del conocimiento, para darse cuenta de que sólo era un pequeño fragmento dentro del  gran entramado de conocimientos que todavía  que falta por descubrir.

Nadie puede negar los significativos aportes que cada pensador, filósofo o investigador ha hecho al conocimiento científico, a lo largo de la historia;  nadie debería negar tampoco los grandes avances desde el punto de vista científico logrados mediante el paradigma positivista; peronadie puede sin embargo negar el hecho social e histórico como factor decisivo en el devenir científico y cómo hoy más que nunca se hace necesario el estudio de los problemas sociales mediante métodos más flexibles, que entiendan que el objeto de estudio no es ajeno al sujeto que lo estudia, sino que es afectado por éste y  que comprendan que la realidad objeto de estudio es muy compleja y que sólo podemos llegar a pequeños fragmentos de ella.

La racionalidad científica clásica siempre ha defendido la objetividad del conocimiento, el determinismo de los fenómenos, la experiencia sensible, lo cuantitativo, y la verificación empírica, pero hoy hay una complejidad de nuevas realidades emergentes, como las del campo subatómico y en el astronómico o en la Neurociencia,  que revelan que nada es exacto y  que existe una fuerte interdependencia entre los elementos del universo, lo que, a juicio de Martínez, (1983), exige un nuevo paradigma epistémico que vaya más allá de la multidisciplinariedad y que llegue a una verdadera interdisciplinariedad que deberá explicar todo lo que es “real”.

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